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miércoles, 03 de septiembre de 2025

Colombia, discernimiento y esperanza

El entorno complejo genera incertidumbre y puede desatar sentimientos de desaliento y desánimo, pero quiero hacer una invitación a mantener la esperanza. No se trata de simplemente esperar con actitud pasiva que todo se solucione por arte de magia, ni de ignorar el problema para que otros se ocupen de él.

Es nuestro deber como institución, conforme a nuestras fuentes de pensamiento, señalar con firmeza y claridad aquello que no va por buen camino, que no está bien orientado a la construcción de una sociedad más digna o, dicho de otra manera, que no logra materializar la aspiración colectiva del bien común, más aun cuando nuestra vocación irreversible se orienta a contribuir a construir una sociedad justa, solidaria, productiva y en paz.

Colombia, discernimiento y esperanza

Por: Juan Carlos Gómez Villegas
Presidente de Fundación Grupo Social

Hoy podemos, como nunca, enviar y recibir mensajes que cruzan el mundo en segundos, pero nos cuesta mucho dedicar tiempo y escuchar a quien está muy cerca; el universo de las redes sociales nos conecta instantáneamente con miles de personas, pero nos da trabajo construir en nuestro entorno relaciones significativas; nunca en la historia hemos tenido tanto acceso a datos: bibliotecas enteras en el celular, noticias que fluyen como un río interminable de titulares, un “scroll” infinito de contenidos, pero también como nunca estamos confundidos y nos cuesta reconocer y descubrir en ese mar de información lo que es verdad.  

Quizás en estas paradojas, y en una cultura que privilegia el corto plazo, tanto para revisar la historia, pues la olvidamos con facilidad, como para planear el futuro, pues nos cuesta mirar en prospectiva, podría hallarse la explicación de porqué como sociedad no nos estamos dando cuenta que están ocurriendo muchas cosas que vistas de manera integral ponen en riesgo pilares fundamentales de ciertas instituciones, que si bien no son perfectas, constituyen parte del andamiaje democrático del país y representan una garantía fundamental para la libertad de los ciudadanos.  

Tal vez, también por tantas distracciones o incluso por temor a reconocer la realidad, no estamos viendo cómo se vienen desmejorando los fundamentales de nuestra economía que son clave para la superación de la pobreza; ni nos percatamos de cómo se han venido agrietando las condiciones, culturales que se dirigen a construir valores e identidad nacional, sociales que permiten la generación de oportunidades para todos, y de orden público y seguridad que son principio básico del bienestar de las personas.

Es cierto que en el último siglo y en especial en las últimas décadas Colombia ha mejorado todos sus indicadores, ha habido grandes conquistas en diversas materias. Y también es cierto que, en todas las asignaturas, como nación, tenemos brechas y desafíos mayores cuyos efectos padecen principalmente las personas en situación de pobreza.  Pero resulta innegable que recientemente hemos vivido situaciones que tienen la capacidad de frenar o revertir la que ha sido una senda de progreso contínuo que solo se percibe con claridad cuando se miran plazos largos.  Revertir los daños ocasionados por estas situaciones y recuperar la confianza nos tomará tiempo, será un proceso doloroso y costoso, y más si no lo hacemos oportunamente. Ya hay evidencias de tal deterioro en algunos aspectos de la vida del país que empiezan a socavar el bienestar general de todos y especialmente de quienes se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad, como por ejemplo el desmoronamiento del sistema de salud.

Es nuestro deber como institución, conforme a nuestras fuentes de pensamiento, señalar con firmeza y claridad aquello que no va por buen camino, que no está bien orientado a la construcción de una sociedad más digna o, dicho de otra manera, que no logra materializar la aspiración colectiva del bien común, más aun cuando nuestra vocación irreversible se orienta a contribuir a construir una sociedad justa, solidaria, productiva y en paz. 

Los juicios de valor que podemos emitir sobre los acontecimientos, conforme a los criterios incorporados en nuestro Legado, implican conocer primero profundamente la realidad, descubrir a partir de procesos de discernimiento cuál es la verdad.   La Fundación Grupo Social mira permanentemente el entorno, es parte de su forma de actuar, las reflexiones sobre el contexto son parte del día a día de sus órganos de gobierno.  Su cultura organizacional reclama procesos de discernimiento que implican silencio y espacios serenos dedicados a la observación y a tomar conciencia de lo que los hechos revelan de aspectos clave de la sociedad. La realidad no es simple, es una compleja trama de eventos y consecuencias.

Es así como, sin desconocer que las emociones y percepciones existen y son hechos relevantes, la Fundación procede, y así también nos invita a proceder, reconociendo esas emociones, esos primeros impulsos, esos sentimientos para convertirlos en parte importante de nuestro proceso de toma de decisiones, pero no para que ellos sean quienes gobiernen la formación de juicios y los que determinen por si solos la forma de actuar y reaccionar.  No es una tarea fácil, pues las redes sociales, que hoy son el canal favorito de intercambio de información, han sido diseñadas para exacerbar la emotividad en las personas y a través de ellas se promueven afectos y odios, sentimientos como tristeza, alegría, rabia y miedo. Las redes sociales promueven con frecuencia desinformaciones, sesgos, escándalos, indignaciones efímeras y también euforias momentáneas. 

Así, hoy nuestro querido país se encuentra en general en una situación diferente y desafortunadamente desmejorada, respecto de aquella en la que se encontraba hace unos pocos años, incluso con posterioridad a la pandemia.  

Las instituciones se han debilitado. Ello, por cuenta de incursiones indebidas por parte del gobierno nacional a través de sus decretos y de sus comunicaciones en la gestión de otras ramas del poder público, de las decisiones tomadas por el ejecutivo que se salen del marco constitucional y legal como lo han anotado autorizados juristas y pronunciamientos de las altas cortes, los señalamientos públicos que presionan a los organismos de control, las consideraciones difundidas que terminan fomentando el descrédito de decisiones serias asumidas con independencia por la Junta Directiva del Banco de la República y por el Comité Autónomo de la Regla Fiscal, los discursos en que se mina la credibilidad en el sistema electoral y la percepción generalizada de desconfianza de los ciudadanos en varias instituciones del orden público y privado.

También se ha debilitado la economía. Sin que antes la situación económica del país fuera la que quisiéramos, el deterioro de ciertos aspectos es importante: la situación de déficit fiscal se ha agravado, el gobierno está gastando más de lo que recibe, ese desbalance ha desmejorado las calificaciones de riesgo del país, lo que ha implicado que el endeudamiento hoy sea mayor y más costoso y que una parte importante de los ingresos de la nación, se destinen a pagar intereses y no a obras de infraestructura o a la atención de necesidades sociales. Si bien la situación del mundo no nos es ajena, el crecimiento del país ha sido muy bajo. El poco crecimiento proviene más que de inversión productiva que es la base de su sostenibilidad en el tiempo, del aumento del consumo, que es una situación pasajera. 

Se ha desincentivado la actividad empresarial, lo que ha causado una pérdida del dinamismo de generación de riqueza y de puestos formales de trabajo.  La transición energética se planteó sin una estrategia clara y gradual y se ha lesionado seriamente la actividad de exploración ….La generación y la trasmisión de energía se encuentran en una situación difícil, no se han efectuado las obras necesarias para que el país pueda contar con la energía que su población y sus industrias requerirán, por lo que los precios ya se han elevado y estamos cerca a apagones que considerábamos una amenaza superada.  En los últimos 4 años se han ido del país cerca de 2 millones de colombianos, que generan remesas, que son un ingreso para el país, pero que representan una pérdida invaluable en materia de productividad, creatividad y capacidad de trabajo. 

Las relaciones internacionales no pasan por un buen momento. Estamos pendientes de la decisión de certificación o descertificación del país en su lucha contra las drogas por parte de los Estados Unidos; se han presentado incidentes que han amenazado el comercio exterior con ese país a donde va gran parte de las exportaciones colombianas y que han llegado a poner en riesgo la expedición de visas.  Algunas posiciones diplomáticas estratégicas se han venido ocupando por personas que no se han preparado para ello y se ha así disminuido la capacidad del país para establecer relaciones con el mundo entero. La política de asuntos exteriores nos ha alejado de aliados tradicionales como Estados Unidos e Israel y nos ha acercado a gobiernos autoritarios como el de Venezuela.  Si bien es válido y prudente buscar más aliados para diversificar el riesgo, también lo es hacerlo con agendas claras y planeadas y con funcionarios experimentados en el servicio diplomático y en comercio exterior. 

En lo social, la cifra de desempleo ha disminuido, pero lo ha hecho a partir de la proliferación de empleos informales, y si bien estos implican ingresos para las familas, se sitúan por debajo del mínimo legal y no permiten el acceso a las personas al sistema de seguridad social incluida la posibilidad de ahorro pensional. Esa informalidad laboral afecta ya a cerca del 60% de los trabajadores, debilitando estructuralmente las perspectivas de crecimiento del país y de progreso de las familias. La pobreza ha bajado en años recientes, pero no vemos que sea un cambio basado en una sólida tendencia, sino un indicador muy impulsado por las políticas de subsidios, y por los valores de ingreso que en promedio arroja una inflación que va bajando y un aumento muy alto en el salario mínimo formal que genera alguna distorsión en la medición.  Ello, para no mencionar los altos grados de polarización incentivados por discursos que señalan y reivindican la lucha de clases, que cierran los espacios de diálogo y la construcción de consensos. Se ha aumentado la división de los colombianos y se viene enraizando una cultura en la que no cabe pensar diferente y construir a partir de la diferencia.

El orden público, otro eje central, ha sufrido un retroceso alarmante, Colombia enfrenta una de las crisis más graves de seguridad de las últimas décadas. Las fuerzas militares y de policía se encuentran diezmadas y sin presupuesto suficiente. Las políticas de paz han tenido como efecto un fortalecimiento de los grupos ilegales y una proliferación de los cultivos ilícitos. La violencia en las regiones por cuenta de los enfrentamientos entre esos grupos ilegales arroja un número importante de masacres y desplazamientos. Han vuelto a ser noticia los atentados terroristas, los secuestros y la extorsión.  

Esa violencia ha cobrado miles de vidas, que lamentamos infinitamente pues todas y cada una de ellas representa una pérdida invaluable para la humanidad, pues se cercena el milagro de la vida de una persona que es un ser único e irrepetible, que resulta arrebatado a sus familias abruptamente mutilando sueños y sembrando tristeza y mucho dolor.  Me gustaría referirme en particular, al asesinato de Miguel Uribe Turbay, una vida tan valiosa como todas las demás, pero que por cuenta de las circunstancias de su rol de liderazgo político en el país, como precandidato presidencial y senador, pleno de juventud, destacado, talentoso, vigoroso, con inmenso potencial, férreo opositor del gobierno, asesinado en pleno acto público de campaña, termina siendo un acto con consecuencias no menores que alteran el clima electoral y político, generando un ambiente de desconfianza, zozobra, tristeza e incertidumbre. 

No obstante, frente a todo este panorama ciertamente complejo es preciso reaccionar. Lo primero que debemos hacer es tomar conciencia de lo que está en juego, de todo lo que está pasando. El primer paso para poder actuar con responsabilidad es poder reconocer la verdad. De esta manera compartimos esta mirada, que puede ayudarnos a todos quienes hacemos parte de esta institución a ser más críticos, a buscar fuentes de información en las que podamos confiar, a cualificar nuestro entendimiento del entorno, a evitar caer en las trampas de las exacerbadas emociones suscitadas por las transmisiones virales de las redes sociales, a asumir un rol más activo en nuestra calidad de ciudadanos con voz y criterio.

El análisis del contexto y los juicios que hemos hecho sobre los acontecimientos se basan en el Legado de la Fundación, en sus fuentes de pensamiento, en su axiología, en su concepción histórica y trascendente del ser humano y su lugar en la sociedad, así como en el referente de la sociedad a la que aspira.  Desde allí se producen las valoraciones que permiten determinar si lo que está pasando se orienta a la construcción de esa sociedad o si por el contrario contribuye a alejarla de ese horizonte. En esos términos es que podemos afirmar que algo va bien o no va bien, que algo es correcto o no lo es.  

¿Qué hacer?  Como sociedad y como individuos esta realidad nos interpela, nos confronta. La Fundación ha determinado seguir actuando con firmeza en su estrategia de incidir en el cambio de cultura a través de su testimonio: Empresas que trabajan exclusivamente por el bien común de la sociedad colombiana y Territorios Progreso que se orientan a generar calidad de vida a comunidades vulnerables.  La Fundacion ha asumido hacer inversiones, ampliar su actuación, generar nuevos puestos de trabajo, ampliar el número de territorios en los que actúa, no ha ahorrado esfuerzos para desplegar plenamente su actividad. Para la institución esta es la forma de cumplir su objeto de superación de causas estructurales de pobreza. 

Ser, y solo ser, con coherencia, es una forma potente de injerencia en la cultura.  En eso estamos completamente apostados. Pero además, como actores relevantes de la sociedad civil tenemos el deber de incidir en la definición de las rutas que construimos entre todos para acercarnos a la sociedad que queremos.  Y así mismo, tenemos como institución católica un deber de veeduría y denuncia pues somos responsables de señalar cuando algo va en detrimento de la construcción del Reino de Dios.  

El entorno complejo genera incertidumbre y puede desatar sentimientos de desaliento y desánimo, pero quiero hacer una invitación a mantener la esperanza.  No se trata de simplemente esperar con actitud pasiva que todo se solucione por arte de magia, ni de ignorar el problema para que otros se ocupen de él.  

Juan Carlos Gómez Villegas - Presidente de Fundación Grupo Social

La esperanza tiene dos dimensiones, una humana, que nos invita a poner todo nuestro empeño para sumarnos a la capacidad colectiva de superación de la adversidad.  Y nos podemos sumar a escenarios bien diseñados para cualificar nuestro entendimiento con visiones de otros y cualificar el de otros con nuestra perspectiva.  Podemos señalar con valentía qué de lo que pasa se ajusta y qué no se ajusta a nuestra sociedad anhelada.  Pistas de la presencia de esta dimensión de esperanza en nuestro país las encontramos en la fortaleza aún muy importante de nuestras instituciones, la alegría de nuestra gente, su capacidad de caer y levantarse una y otra vez.

Pero hay otra dimensión de la esperanza, como virtud teologal. Esta dimensión es un regalo de Dios, son sus promesas de plenitud y de felicidad eterna, es la promesa de que Su reino está cerca, y que solo precisa de nosotros el querer firmemente y con disposición plena que esa promesa se cumpla. Es por cuenta de esta dimensión, que tenemos la primera, es por cuenta de este don que dejamos que Dios actúe y oriente nuestras vidas.  

Quisiera cerrar estas palabras invitándolos a la oración, para que con su potencia logremos la apertura y la libertad de confiar absolutamente en que la bondad de Dios está presente en nuestras vidas aún en los momentos difíciles y ello nos permite entender que Él escribe derecho en renglones torcidos.

Dios los bendiga y les conceda su paz.